Edición 504
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ASÍ OPINA: ANSELMO ZARAGOZA, EL MUNDIAL, LA CORTINA DE HUMO PERFECTA PARA EL GOBIERNO MEXICANO

«Al pueblo hay que darle pan y circo. Y cuando el pan escasea y la seguridad no existe, el circo debe ser espectacular.»

El silbatazo inicial no solo marcará el comienzo de un partido de fútbol; en México, significará el inicio de una tregua mediática que cayó del cielo en el momento preciso. Este Mundial no es únicamente la fiesta deportiva más grande del planeta, es, sobre todo, el salvavidas político más oportuno que en estos momentos el gobierno mexicano podría haber deseado.

Mientras millones de miradas se concentrarán en el rodar del balón, en las pantallas gigantes y en el fervor nacionalista, una sombra densa y violenta se seguirá extendiendo fuera de los estadios. La Copa del Mundo ha llegado en el momento exacto para funcionar como una anestesia general, una distracción monumental perfecta y oportuna para invisibilizar una realidad que el Estado ya no puede maquillar, la constante persecución del vecino del norte (coanfitrión) hacia la narco-política y la asfixia económica de las familias mexicanas.

Si queremos leer entre líneas la narrativa oficial de estas semanas, deberemos entender cómo el fútbol se convertirá en política de Estado.

Es innegable, que, en las últimas semanas, la presión sobre el gobierno mexicano ha alcanzado niveles de asfixia. Desde Washington, los señalamientos ya no son murmullos diplomáticos, sino acusaciones frontales de las agencias de inteligencia, de fiscales y legisladores estadounidenses que han apuntado directamente a la cúpula del poder en México, delineando con precisión milimétrica la estructura de un narco-Estado. Se habla de gobernadores financiados por cárteles, de autoridades coludidas y de narco-políticos que han entregado la soberanía del país a cambio de impunidad y dinero.

Sin embargo, durante un mes, las conferencias matutinas, sufrirán una amnesia repentina. Ya no se hablará de las investigaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos, ni de los testimonios en las cortes de Nueva York, ni de los reportes de la DEA que exponen a funcionarios mexicanos. Todo eso quedará sepultado bajo avalanchas de análisis táctico, festejos en las calles y un patriotismo manufacturado.El gobierno podrá respirar tranquilo porque sabe que es imposible competir contra la euforia de un estadio lleno; la pasión futbolera es el mejor anestésico contra la memoria ciudadana.

El segundo gran favor que el torneo le hace al gobierno es la ilusión de la prosperidad. Se nos bombardeará con cifras grandilocuentes, millones de dólares en derrama económica, turistas llenando restaurantes y hoteles a tope.

El segundo gran favor que este Mundial le hace a la cúpula política es el espejismo de la «cooperación bilateral». Ser coanfitriones del torneo junto a Estados Unidos y Canadá le permite al gobierno mexicano proyectar una falsa imagen de normalidad diplomática.

Mientras en los despachos de Washington se seguirán firmando órdenes de extradición y se construyen casos contra la corrupción mexicana, en los palcos VIP de los estadios veremos a políticos de ambos lados de la frontera dándose la mano, sonriendo para las cámaras y celebrando la «hermandad norteamericana». Esta diplomacia de estadio es una herramienta derelaciones públicas invaluable, que le servirá al Estado mexicano para decirle a sus ciudadanos que «las cosas están bien con nuestros vecinos», minimizando y trivializando la gravedad de los señalamientos por narcotráfico.

El gobierno mexicano intentará exprimir cada minuto de esta cortina de humo. Usará la camiseta de la selección como un escudo contra las críticas y tachará de «traidor a la patria» o «aguafiestas» a cualquier periodista o ciudadano que intente desviar la atención del circo hacia los graves problemas que el país atraviesa.

Sin embargo, ganar tiempo no es ganar la absolución.

Corolario. El verdadero drama para México no se vivirá en una eliminación por penales, sino el día en que se apague el fuego del estadio. Cuando la copa sea entregada y el último turista abandone el país, la resaca será implacable. El Mundial habrá terminado, pero los cárteles seguirán cobrando piso, los narco-políticos seguirán en sus puestos y los expedientes en Estados Unidos seguirán abiertos, esperando su turno.

Permitir que la fiesta del fútbol nos ciegue ante la entrega de nuestro país al crimen organizado es un lujo suicida. El gobierno encontró su salvavidas perfecto por 30 días, pero como ciudadanos, es nuestra obligación asegurarnos de que, cuando la fiesta termine, no seamos nosotros los que terminemos ahogados.

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