El Pregón MX

El juez Anselmo Zaragoza opina: cuando la línea sustituye al debate

LA DICTADURA DE LA LÍNEA
EL SECUESTRO HISTÓRICO DEL CONGRESO MEXICANO

«El Parlamento no es un congreso de embajadores de intereses distintos y hostiles… el Parlamento es una asamblea deliberativa de una Nación, con un solo interés: el de la totalidad.» > — Edmund Burke, 1774.

La esencia misma de un parlamento o congreso es la deliberación: el encuentro de visiones plurales para debatir, pulir y construir leyes mediante la razón. En la teoría democrática, el legislador debe equilibrar tres fuerzas: la representación política (responder a los ciudadanos que lo eligieron), la representación deliberativa (argumentar y votar buscando el bien común) y la representación partidista (impulsar la agenda de su facción).

En México, sin embargo, esta trinidad nace muerta. La historia de nuestro Poder Legislativo es la crónica de una abyección sistemática: la representación partidista devoró hace décadas a la deliberación y a los ciudadanos. Y lo más trágico es que, a pesar de las «transiciones democráticas», la esencia del problema permanece intacta.

Para entender nuestra miseria legislativa actual, hay que mirar al pasado. Durante las más de siete décadas de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Congreso de la Unión no era un espacio de representación deliberativa, sino un apéndice del hiperpresidencialismo. La representación se reducía a una lealtad absoluta e incondicional al Presidente en turno.

En aquella época, el legislador priista era conocido popularmente como el «levantadedos». No importaba el contenido de la iniciativa, ni su viabilidad técnica; si la orden —»la línea»— venía de Los Pinos, la disciplina partidista se imponía con rigor castrense. El debate era una simulación coreografiada. El premio a esta sumisión era la continuidad en la maquinaria política; el castigo por atreverse a deliberar era la muerte civil y política y el frío destierro del presupuesto.

Tras la alternancia del año 2000, hubo un espejismo de cambio. Tuvimos congresos divididos donde la necesidad de votos obligó a las distintas fuerzas políticas a sentarse a la mesa. Pero no nos confundamos: lo que floreció no fue la representación deliberativa de altura, sino el mercantilismo político. Se intercambiaban votos por presupuestos (el infame modelo de «cuotas y cuates»), mientras las bases legislativas seguían votando en bloque, obedeciendo ciegamente a sus coordinadores.

Hoy, la ironía es amarga. Bajo la promesa de una transformación radical, el sistema legislativo mexicano ha regresado a las prácticas más rancias del siglo XX. El color del partido hegemónico cambió, pero la cultura de la sumisión se recrudeció. En la realidad actual, la consigna presidencial de «no cambiarle ni una sola coma» a las iniciativas del Ejecutivo es la aniquilación confesa de la representación deliberativa. Vemos a diario cómo reformas constitucionales se aprueban de madrugada, mediante albazos legislativos, con dispensas de trámite y sin que los legisladores hayan leído los dictámenes que están votando.
Por su parte, la oposición actual tampoco ofrece un oasis deliberativo. Quienes hoy se desgarran las vestiduras denunciando la «aplanadora» del bloque oficialista, adolecen del mismo mal: operan bajo la estricta dictadura de la línea partidista. Su participación frecuentemente se reduce a la negación automática, a votar en bloque por sistema para los reflectores mediáticos, sin permitir a sus propios legisladores un voto de conciencia. Más aún, cuando estos mismos partidos opositores ostentan la mayoría en los congresos estatales, replican milimétricamente el modelo que tanto critican a nivel federal: aplastan a las minorías y convierten sus recintos en ventanillas de trámite para sus propios gobernadores.

El legislador de hoy, sin importar su trinchera, no rinde cuentas a los votantes de su distrito. Sabe que su futuro no depende de convencer con argumentos, sino de salir en la foto aplaudiendo a su líder. La figura de los plurinominales agudiza este fenómeno, operando como los guardianes de la ortodoxia y asegurando que nadie se salga del redil.

La democracia mexicana sufre de una atrofia deliberativa crónica. Mientras el éxito de un diputado o senador se siga midiendo por su obediencia ciega a una cúpula, y no por su capacidad de defender con razones a sus representados, nuestro Congreso seguirá siendo una costosa simulación. Hemos cambiado de colores, pero el Congreso sigue sin atreverse a parlar.

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